La investigación elude el excepcionalismo humano para inscribirse en dinámicas de creación compartida. Tal como propone Haraway (2016) mediante el concepto de simpoiesis, la obra no se produce de forma aislada, sino en un «hacer-con» donde las especies vegetales y fúngicas aportan su agencia, enzimas y pigmentos clorofílicos. De este modo, plantas habitualmente estigmatizadas en los márgenes urbanos son reivindicadas como plantas colaboradoras fundamentales para la materialidad del proyecto.
En el plano estético y político, la propuesta se fundamenta en la noción de epidermización acuñada por Fanon (2009), la cual explica cómo la identidad racializada se construye a través de la fricción con la mirada sociopolítica.
Para subvertir esta inscripción, el proyecto no representa la piel, sino que la construye orgánicamente sobre el lienzo mediante eumelanina sintetizada. Para la aplicación de estos biopolímeros, se han desarrollado herramientas somáticas, coloquialmente entendidos como pinceles construidos con cabello propio y ramas recolectadas que integran la memoria genética y biológica en el acto de pintar.